«El dragón»: Ray Bradbury; relato y análisis


«El dragón»: Ray Bradbury; relato y análisis.




El dragón (The Dragon) es un relato de dragones del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012), publicado en la ediciónd e agosto de 1955 de la revista Esquire, y luego reeditado en la antología de 1959: Medicina para la melancolía (A Medicine for Melancholy).

El dragón, uno de los mejores cuentos de Ray Bradbury, narra la historia de dos caballeros cuya misión es encontrar y matar a un dragón, al cual describen como una criatura enorme, espantosa, con un solo ojo y capaz de escupir fuego y humo; básicamente el clásico dragón medieval, es decir, una criatura sin alas, similar a una serpiente descomunal..

Los caballeros por fin encuentran al dragón, y lo embisten en un intento desesperado por derribarlo. En este punto, Ray Bradbury realiza una de sus magníficas vueltas de tuerca. Para no arruinar el final, digamos que el dragón no es exactamente lo que los caballeros esperan.



El dragón.
The Dragon, Ray Bradbury (1920-2012)

La oscuridad soplaba en el pasto chato del páramo. Nada se movía. Desde hacía años, en el cielo inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro.

Hace un tiempo atrás se habían desmoronado algunos pedruscos, ya convertidos en polvo. Ahora, únicamente la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía en las venas, les golpeaba en las muñecas y en las sienes.

Las llamas subían y bajaban por los rostros despavoridos, en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Por fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.

—¡No, idiota, eso nos delatará!

—¡Qué importa! —dijo el otro—. El dragón puede olernos a kilómetros. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.

—Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos.

—¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!

—¡Silencio, tonto! El dragón devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.

—¡Que se los coma y que nos deje llegar a casa!

—¡Espera! Escucha...

Ambos se quedaron quietos.

Esperaron durante un largo rato, pero apenas sintieron el temblor nervioso de los caballos, como tambores de terciopelo negro que repicaban en los aros de los estribos, suavemente, muy suavemente.

El segundo hombre suspiró:

—Qué tierra de pesadillas —dijo—. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, ¡oh, Dios! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de humo blancuzco; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La ira del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, al amanecer, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los montes. ¿Cuántos caballeros, me pregunto, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?

—Ya es suficiente.

—¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.

—Novecientos años después de Navidad.

—No —murmuró el segundo hombre—. En este páramo no hay tiempo, solo eternidad. A veces creo que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido aún, los castillos no habrían sido tallados en las rocas. No preguntes cómo lo sé; el páramo lo sabe y me lo dice. Y aquí estamos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ayude!

—Ponte tu armadura si tienes miedo.

—¿Armadura? ¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde. Pero, ay, a calzarse los pertrechos. Moriremos con la armadura puesta.

Con el corselete de plata a medias enfundado, el segundo hombre se detuvo y giró la cabeza.

En el extremo más oscuro del campo, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando el polvo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte.

Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino apenas dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago.

Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.

—Mira —murmuró el primer hombre—. ¡Allá!

A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.

Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desnuda y el dragón, rugiendo, se acercó más y más. El deslumbrante haz amarillo apareció de pronto en lo alto de un monte y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del monte y se hundió en un valle.

—¡Rápido!

Espolearon los caballos hasta un claro.

—¡Pasará por aquí!

Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.

—¡Señor!

—Sí; invoquemos su nombre.

En ese instante, el dragón rodeó un cerro.

El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos anaranjados. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia siguió avanzando.

—¡Dios!

La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire.

El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó, y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó de largo, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

—¿Viste? —gritó una voz—. ¿No te lo había dicho?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!

—¿Vas a detenerte?

—Me detuve una vez pero no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo.

—Pero atropellamos algo.

El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.

—Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?

Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.

Ray Bradbury (1920-2012)




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El análisis y resumen del cuento de Ray Bradbury: El dragón (The Dragon), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Aradia: la hermana de Lucifer


Aradia: la hermana de Lucifer.




En 1899, el folklorista Charles Leland publicó un libro prohibido que posteriormente sería admitido como parte del canon Wicca, titulado: Aradia o el Evangelio de las brujas (Aradia, or the Gospel of the Witches); el cual relata la historia de Aradia, reina de las brujas y hermana de Lucifer.

Leland sostuvo que aquel extraño libro era, en realidad, parte de una obra más amplia y tenebrosa perteneciente a un grupo de brujas de la Toscana, quienes veneraban a Diana, Aradia y Lucifer. De hecho, el autor aseguró que el texto le fue entregado en persona por una misteriosa mujer toscana, llamada Magdalena, quien además le reveló ciertos aspectos de aquel antiguo culto.

De acuerdo a esta leyenda, Aradia, la diosa de la luna, y Lucifer, el dios de la luz, son hermanos. Ambos nacieron del vientre de Diana, y fueron criados con idéntica dedicación, aunque rápidamente evidenciaron ciertas diferencias de temperamento.

Al parecer, Lucifer era un muchacho muy orgulloso del esplendor de su espíritu. Según esta tradición, no fue expulsado del cielo durante las Guerras Celestiales con los ángeles, sino que descendió por voluntad propia a la Tierra debido a que su orgullo le impedía servir al Creador.

Por otro lado, Diana instruyó a su hija, Aradia, mucho más diplomática que su hermano, a que ella también descendiera a la Tierra para enseñarle a los hombres y las mujeres el arte de la magia. Es por eso que se considera que Aradia fue la primera bruja de la historia.

Leland describe a Aradia como un ser primordial, mezcla de ángel y demonio, sin inclinaciones concretas hacia el bien o hacia el mal, o mejor dicho, con una agenda propia, que muchas veces puede contrastar poderosamente con la ética y la moral de los hombres. No obstante, la mayoría coincide en inscribir su doctrina dentro de la magia blanca.

Mientras Aradia permaneció en la Tierra, su sabiduría se esparció principalmente sobre las mujeres, quienes aprendieron de ella el arte de la magia en todas sus formas, especialmente aplicada a la medicina natural. No obstante, su estancia en nuestro mundo no fue prolongada. Pronto retornó a las esferas inconcebibles en donde habita Diana, y desde allí, cuenta la leyenda, observa a sus aprendices y guía los pasos de aquellas mujeres que se inician en el camino de la Wicca.

En Aradia o el evangelio de las brujas, Leland supone que las brujas de la Toscana son las únicas que han conseguido preservar intacta la antigua sabiduría de Aradia, sin desviarse hacia un culto más oscuro y siniestro, como el de Lucifer, más asociado a la magia negra.

Ahora bien, ya fuera de las conjeturas de Leland, hoy sabemos que Aradia es una deformación de Herodias, no de aquella mujer del Antiguo Testamento, sino de la propia Lilith, la madre de los vampiros; una asociación que ya había sido establecida por Jules Michelet en su obra: Satanismo y brujería (La Sorcière).

Dentro de esta tradición, Aradia (Lilith) habría sido engendrada por Ardat. A su vez, daría a luz a Alouqua, otra tenebrosa deidad relacionada a los vampiros, y a los Lilim, aquellas criaturas nocturnas que tanto pavor infundían a los pueblos antiguos.

De hecho, el culto de Aradia se mantuvo firme, por lo menos, hasta el siglo VI d.C., donde fue enérgicamente condenado por el Concilio de Ancyra.

Por alguna razón que ningún especialista ha logrado esclarecer del todo, Lucifer obtuvo una enorme popularidad, quizá luego de ser instaurado como uno de los enemigos principales de la cristiandad. En cambio, su hermana Aradia, fue prácticamente olvidada salvo por un puñado de brujas de la Toscana, quienes mantuvieron vivo su culto hasta nuestros días.




Libros prohibidos. I Libros de brujería.


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«Me gustó tanto la primavera»: Charlotte Mew; poema y análisis


«Me gustó tanto la primavera»: Charlotte Mew; poema y análisis.




Me gustó tanto la primavera (I So Liked Spring) es un poema de amor de la escritora inglesa Charlotte Mew (1869-1928), publicado en la antología de 1916: La novia del granjero (The Farmer's Bride).

Me gustó tanto la primavera, uno de los mejores poemas de Charlotte Mew, refleja los sentimientos de una mujer que recuerda la felicidad de una primavera pasada y la soledad de la actual; sin rencor, nostalgia o remordimiento: simplemente una temporada que vale la pena recordar.



Me gustó tanto la primavera.
I So Liked Spring, Charlotte Mew (1869-1928)

Me gustó tanto la primavera pasada
porque tu estuviste aquí;
y también el zorzal
que tanto te encantaba oír;
por eso me gustó tanto.

Este año será diferente,
ya no pienso en ti,
pero me gustará la primavera
porque es simplemente primavera,
como hace el zorzal.


I so liked Spring last year
Because you were here; —
The thrushes too —
Because it was these you so liked to hear —
I so liked you.

This year's a different thing, —
I'll not think of you.
But I'll like Spring because it is simply Spring
As the thrushes do.


Charlotte Mew (1869-1928)




Poemas góticos. I Poemas de Charlotte Mew.


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